Nunca habíamos temblado así

Acicalar el dolor, peinarle y darle ostras. El dolor es cómplice de su propia autodestrucción pero tengo tendencia a cogerle cariño a mis enemigos sobre todo cuando van disfrazados y traen globos y algodón de azúcar y jamás me visitan en la siesta.

 

¿A quién le echo la culpa de mi sed y mi desierto? No tengo una diana efectiva ni puntería para descargar mi heroicidad herida. Si me contento con ser huérfana puedo dejar de pedirle permiso a mi linaje para empezar de cero.

 

Siempre me gustó que el océano fuese claro y bravo, no en vano soy parte del atlántico y soy hija de su libertad. Esperan que capitanee recuerdos inacabados de ancestros perezosos pero hago un muñeco de nieve con todo lo que se espera de mí, con todo lo que espero conseguir, con todos mis anhelos hasta quedarme con demasiado espacio y así, sí, poder bucear todo lo necesario para llegar a mí misma.

Me espero en la otra orilla para abrazarme y acurrucarme pero no sé si me reconoceré. Acumulo cicatrices y me cambia el gesto con frecuencia.

 

Dicen que lo mejor que puedes hacer cuando tienes miedo es tararear tu canción favorita pero qué sucede cuando nunca has tenido canción pero sí demasiadas letras. Bah, nunca hay demasiados letras y aunque he devorado libros nunca serán suficientes. Podría defender mis adicciones como mi parcela de oxígeno. Nadie quiere hacerse la autopsia aunque sea necesario reinventarse. En la sociedad de la oportunidad a toda costa, quiero ser solo una bicicleta de ruedas primarias jugando con los niños que no encajan en los parques.

 

Ahora que no hay nadie, que todo puede reducirse a humo o a un simple disparo, me pregunto qué hacer con tu fantasma o con el suyo. Si alguien se queda en mi cama conmigo siempre después de hacer el amor es el dolor y no estoy hablando de sadomasoquismo. Dolor por lo efímero. Dolor porque no me encuentro en este cuerpo, en este tiempo, en esta vida.

No reconozco a la mujer en la que me he convertido pero le hago trenzas. Imagino que así está bien. Me bauticé, huí de todo lo injusto tal como me prometí a mí misma pero no he asaltado ningún tren. He dejado que todos pasen por mi cara románticamente tristes y rozándome la nariz a la velocidad de la luz. Me inquieta subir a la montaña, me inquieta la conquista, la muerte, el precipicio y no puedo quedarme contemplando su cima desde mis prismáticos. Todo se mueve. Y a mí me gustaría exigir congelación y ser Antártida en mi propia existencia. Quiero un alma más leve. Una alucinación propia. Que alguien aparque mis barcos. Supongo que me desvío al egoísmo y al narcisismo a la deriva.

 

Me resigno a este hilo musical al menos durante un tiempo y me queda la esperanza de que permanezcas conmigo y para ello tengo que reivindicarme y creer que la Esfinge me debe una y yo le debo una respuesta. Lo cierto es que estos anillos que has dejado en mi corteza son irreversibles y los amo. Los amo a pesar de que flotan a mi espalda y soy yo quién tiro de ellos.

 

Siempre digo que estoy bien y otros videntes cabrones descodifican la tristeza de mis ojos. Estoy cansada de la amazona, me pesa demasiado la armadura y quiero volar. Las amazonas no tienen alas y exijo una subida de nivel. Una nueva pantalla.

 

Intento escurrir mi ceguera al sol y dejar que cualquier animal haga en mí su cobijo. Tú sabes que llevo siglos anhelando una mascota que tenga un poco de todos mis tótems. Podría inclinarme hacia la oscuridad de una selva donde mis pezuñas fuesen bienvenidas pero no quiero triángulos, voy hacia el círculo, hacia el principio y el fin.

 

Solo espero encontrarte por el camino de esta odisea, habríamos sido los reyes del baile de máscaras pero no nos hacía falta mentir más. Estoy fabricando entradas y quizá una caravana para fugarnos, me quedo con tu visión en las gafas representando tus ganas de sonreírme, pase lo que pase, seremos unos idiotas y seguiremos soñando con el día en el que hicimos trueque y nos intercambiamos.

 

 

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