Poema para días rojos

 

Tener la regla como las gatas que maúllan

cosiendo sus ásperas lombrices en silencio

en un desgarrador grito congelado.

 

Manchar las bragas como María Magdalena

y lapidarse ante las miradas ajenas.

Frotar, frotar, sin tregua.

 

Sentarse en el suelo del vagón

como un gran orbe rojo y señalarte,

esta es mi sangre,

yo soy una mujer que sangra

y chapotea en su basura.

 

Exhibir las compresas,

preguntar a las vecinas por la cantidad

y el color como quién pregunta del tiempo.

 

Exigir un té caliente en los días no nombrados,

morirse,

autosuicidarse

un largo siglo al mes,

romper la infinitud,

sellar para después la risa.

Ser tu muerte,

tu no vida desparramada por el wáter,

ser la niña que no olvida

el día del comienzo de esa herida

y los susurros del recreo.

 

Cu-chi-chear.

Casi podría ser Cuchi una nueva marca de tampones,

pero tú quieres entregarte a lo salvaje

e huir de todas tus glaciaciones.

 

Sabes que no eres la bella oveja blanca

porque eres mujer que sangra

y se cuelga del espejo.

 

A veces no hay nadie

y no danzan los esqueletos.

Coges un pañuelo y te lo pones en el pelo,

y posas como para una madre

y te haces tierra de cajón.

 

Solo es un instante

antes de la montaña rusa

y el vértigo del golpe

en los ovarios.

 

Fotografías la luna que se te va

tan llena de luz, tan tuya

y tan roca muda

como una leve constelación de barcos fantasma.

 

Tú sabes de tu pozo

y como se apellidan sus esquinas.

Bajas sin cuerda sola

a descubrirte

en tu fragilidad de mujer asaltada

por el ciclo natural

que te asesina las entrañas

y te exime de la culpa,

de la creación y de la duda.

 

Otra vez será cantan ebrias las luciérnagas de tus ancestros

y te recuestas desnuda sobre tu caballo indomable,

desnuda, con tu vestido favorito,

bajo cirios de abismos.

 

Eres tu eco de feminidad

mártir de una juventud que se silencia

en la fachada que desboca su pintura

en una revolución por tener nombre de aldea

y ser termita en estampida.

 

Mírame,

construyendo mi nido, temblorosa

con todos mis caminos recorriéndome la piel,

como hoy nunca será este trueno

que me deja en esta zanja

y mis cenizas consumiendo mi absurda vergüenza

ante el olor

de mi sacrificio natural

de antigua marea.

 

Somos la cinta de sal

y somos las ballenas de árboles gigantes

estas noches de erizo

en la humedad de nuestro sexo eterno en flor

rebosante de escondites sin cerrojos.

 

Esta sangre

no es un bodegón que se intuye cereza seca y suave,

es mi realidad abierta,

mi cierva a salvo de las balas,

sin discordia entre mis dunas de diamante

me desagüo,

me desagüo,

no preguntes.

 

Mi penumbra

yace intacta para el insaciable cosmos,

es por esto que nos vallaron el paraíso

y nos hicieron extranjeras que relinchan

una vez al mes

encogidas como huesos miserables

ya marcadas para caldo de virtudes.

 

Hoy somos milagro sin siembra

que se repliega

testarudo ante sus crímenes.

 

Danzamos

Con un fulgor de algas en los ojos,

nos reducimos,

nos endurecemos,

nos sabemos mortales

bailando en círculos.

 

Habiendo esquivado el incienso

no somos polvo

ni nos dirigimos a la borda con un salto,

con la tranquilidad de habernos traicionado

como las sumisas yeguas que jalean

siempre cerca y siempre lejos,

siempre nosotras,

nos reconocemos en los miles de rostros

y nos abrazamos para recomponer

el inmenso gong que hoy nos nombra.

 

Oigo la rebelión exacta de las estatuas,

la cadencia perfecta del ahora

y el instante vital que se desploma

y me sujeta a este planeta

está llenando de amapolas mis gusanos

con un pigmento de campana.

 

Deshilvano mi fingida inocencia

en este cementerio macabro rutinario

que solo yo conozco

y en el que todas me acompañan

con sus molestias de hembra y sus rastrojos.

 

Giran en el viento

las sombras de las quemadas por un falso cielo

al que aúllan nuestras lobas y taladran nuestras escobas

arrastrando para nosotras el espectáculo nupcial de la lluvia

sobre las cosechas.

 

En nuestro interior

hay un ejército de semáforos impertinentes

erigiéndose con burla ante el silencio de las olas.

 

Nos amordazaron,

nos asesinan y sabemos

que hay mucho ruido para seguir tecleando,

para seguir componiendo,

para seguir sangrando,

pero sangramos,

y este es nuestro sagrado linaje

donde nadie puede talar el inmenso bosque

que forma nuestra única voz

cuando nos hermana la madre

y allí todas, somos una.

 

 

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