Diablos Azules

A veces echo de menos Diablos Azules sobre todo cuando la cabeza me va a estallar a versos que no puedo controlar y no está ahí, siempre ahí, el abrazo de María Helena al entrar en el que quedarme congelada despacio, el leve encuentro con desconocidos, el vértigo de creer que sabes cómo hacer las cosas y el sueño delirante que crees que siempre podrá ser fruta compartida. ¡Había para todos! Nunca faltaban víveres y por si acaso escondíamos los pronombres de los zombies y les decíamos con voz clara ligeramente opaca: Aquí se está haciendo poesía. Y tras la cristalera los transeúntes se preguntaban qué pasaba y los curiosos asomaban sus cabezas para luego irse donde siempre y nosotros nunca pensamos en el dinero, no creíamos que la poesía podía pesarse, no pensamos que los bares podían cerrarse, porque éramos muy poetas, éramos muy gilipollas y éramos muy ingenuos. No importa si todos lo sentimos así porque allí no había ladrones, aunque a veces nos poníamos antifaz y cosas raras en la cabeza con las que sentirnos especiales. Y nos enamoramos, y nos creímos pueblo y mi madre me veía por streaming con la tribu y casi podía olerse en otro tiempo con las mismas ansias de revolución y yo la sonreía porque sabía que sería eterno pero efímero. Y en los días que te crecían cabellos en el cerebro y el lenguaje de las hierbas no servía para nada íbamos caza-mariposas en mano, algunos con los sombreros de Indiana Jones, dispuestos a buscar no se qué tesoro. Y es cierto, nadie encontró el Santo Grial, pero algunos encontramos manos. Manos que hablaban de poemarios pero en realidad querían decir lloro, huyo, huyo y lloro. Manos que exhibían plumas de pavo real y algunas menos exóticas y terriblemente astronautas como las de Santi. Siempre el abrazo te metía una ostia nada más entrar y te cerraba la boca para que empezaras a hablar con las entrañas y sintieras sin estar narcotizado, y abrieras bien los ojos como dos antenas parabólicas. Y allí conocí a los seres que me atraparon como redes salvajes y me llevo en el alma, crecí de manera disparatada, profesé gigantismo interno y me creí pirata surcando los mares de doscientas respuestas y solo tenía una caracola. Se quemó la casa, se hicieron barreras y volvimos a ser peregrinos imbéciles y danzamos de frío, vagamos porque divididos éramos vencidos y nos escondimos de los portazos, de nuestros propios asilos. Era justo el desierto y nadie nos lanzaba una cuerda, en realidad una llave, algo que morder para tranquilizarnos aunque fuera un simple hueso. Y ahora qué. Y ahora dónde. Y las opciones se palparon como puzzles en los pechos y cada avión encontró el aeropuerto discreto donde poder caerse muerto sin que nadie lo notase. Y no pasó nada, éramos gatos echando tierra a la sardina constantemente mientras buscábamos trabajo y estudiábamos cosas en las que no aprendíamos nada. Nadie nos dijo: Disfrutad hijos de puta. Todos callamos y nos dejamos morir un poco más hacia el próximo bar en marcha fúnebre dispuestos a ser arcoíris aunque alguno no alcanzaba a emitir colores normales y eso nos hacía felices y por un momento le levantábamos en loca procesión de tinta. Porque éramos viejos sin querer ver el final del cuento y nos adaptamos como camaleones, otros prefirieron exiliarse sin ruido y se hicieron tormenta y trajeron souvenirs desde diferentes lugares, pero siempre eran objetos que reflejaban diablos.

 

Supongo que da igual que el tiempo no pasa y que a veces te llama otra vez desde número oculto y te pide explicaciones por tanto olvido borracho cuando el caos es lo único que palpas como cierto. Estoy sin saliva angelical desde entonces no tengo cuchara ni símbolo, no tengo cueva común alumbrando a los faros, no tengo edificios que me den sombra, no tengo luna a la que aullar, Quijotes que celebrar o pataletas que acunar porque no tengo casa. Y si alguna vez la tuve era una casa ridícula. Era una casa absurda donde podíamos hacer un feliz no cumpleaños y brillar con cristal de botella y coleccionarlas como urracas. Algunas nos hacíamos pendientes y se los regalábamos a los chicos porque sabíamos que a ellos les quedarían mejor y nos inventamos que éramos fuertes y lo fuimos pero no para despedirnos y soplar las velas del cambio de etapa en camisa de fuerza, qué miedo me dio que te evaporaras tan negro cuando eras azul, así te habíamos hecho y así te sigo besando desde todos los tiempos en los que no existías, en los que ya no existes, en los que practico con ingeniería torpe cómo me fabrico otros abrazos que no sean estanterías, cómo hago con los trozos de papel que me sobran en el bolso y hablan de él, y a veces de la muerte, y a veces están en blanco, pero sé que no importa. Y si no leo mejor, y si escucho mejor, y si me siento mejor, y por qué estas paredes y no aquellas. Da igual, calladitos estamos más guapos pero nunca seremos tan increíbles.

 

 

 

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