Carta a mi futuro hijo, León.

Me gustaría contarte hijo mío, que antes de que fueras liquen yo ardía en las estaciones preguntándome quién y yo en un lecho futurista engendrándote.

Me gustaría contarte hijo mío que tuve miedo de no tenerte, de ser Yerma, de ser luna oxidada, moneda de una única cara.

Me gustaría contarte hijo mío que presentí tus patadas como alacranes en las tripas, que intuía tus enormes ojos y tu risa de cascarón.

Me gustaría contarte hijo mío que fui madre con todo el mundo menos contigo, que las venas frías me palpitaban al mirar mis manos produciéndote una cuna digna de ti, fin primero del camino, relevo de hierro, mi único margen.

Me gustaría contarte que únicamente la vida me ofrecía momentos de romperme y de corromperme y que creí en nosotros, te percibí futuro exacto, fuego de paz, llamarada blanca en boca de ave fénix ofreciéndome tu rosa de piel, floreciendo azul en mis ojeras.

Me gustaría contarte que deseé que nacieras en octubre, como tu abuela, para recoger piñas y pintarlas con los colores de la libertad, soltarte el collar de fantasma y dejar tu pequeña huella expandirse. Primero en un frágil balbuceo y más tarde dando golpes en la mesa, exigiendo el pan y las alas para destrozar lo prohibido, así sea yo tu diana pero no tu alambrada.

Me gustaría contarte que antes de que llegaras dejé de no nombrarme poeta, que amé hombres como si fuera la primera vez y mujeres como si fuera la última, que los quise a todos como jardinera y perdí el miedo a bailar. Que me ofrecieron riquezas a cambio de nada y te miré a tus ojos aún no arados por infiernos y dije no como se marcan los tatuajes.

Me gustaría contarte que mi sensibilidad era heroica, que mi esperanza era épica, que construí esta casa con mi espalda y tiré con los dientes todos los traumas, hasta eliminé del diccionario la palabra y nos hice abecedario extranjero.

Me gustaría contarte este cuento hijo mío antes de dormir y que el final te diga: Acaricia la mirada de una mujer como tu íntimo reflejo porque son todas sangre de la madre, la madre de tu madre, que flota en el mismo aire de todo ser que alcanza a respirar. Recuerda que eres hijo de amazona y en ti está la mujer sin bridas y como los frutos de esta tierra, ninguna te pertenece.

Me gustaría contarte hijo mío que estamos aquí, que has sangrado mi centro, porque no me rendí. Y ahora, por favor, déjame atrás, aunque aúlle como las lobas, esparce sal sobre mi posesión de celosa leona, mírame una última vez y camina erguido, siempre adelante, llevando en el escudo todo un linaje de dolor triturado y licuado para hacerte belleza.

Que no quise bautizarte en la herencia de las cenizas de las brujas, haciéndote parte de los asesinos de los templarios y seres libres porque mis hermanos esclavos no me lo perdonarían. Que a cambio te enseñé una religión limpia, de sacerdotisa sin pecado original y fundamos nuestra iglesia pariendo nuestros signos y rituales. Y que ahora por ello tú en astilla de luz, me sonríes.

Así suturo tus heridas antes de que crezcan. Es innombrable tu sufrimiento y maldito el que te toque setenta veces siete para hacerte sombra, por el poder que me da ser el origen de todo tu mundo.

Y todo esto sí que es tuyo hijo mío. Así que por favor trasciende sin piedad el horizonte y rapa la cabeza a las galaxias.

un-gato-un-nino-dos-curiosos

Atentamente,

Tu lechuza.

 

 

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