SERGEI EISENSTEIN Una psicobiografia de sus primeros años

Admirador de Pushkin. Su primera película en colores, si hubiera tenido tiempo de hacerla, habría sido consagrada al gran poeta ruso.

Hay dos imágenes corrientes de Eisenstein. Para unos, es el cronista y el poeta de la Revolución rusa, el que ha sabido dar una voz al ímpetu anónimo de millones de hombres, encarnar el nuevo ideal colectivista y fijar con rasgos de epopeya la aventura política más grande de todos los tiempos. Para otros, es un teórico del cine, deseoso sobre todo de fundar una ciencia del encuadre, del montaje y la representación, y para quien el tema más ardiente (por ejemplo, la sublevación del acorazado Potemkin) se presentaba como una serie de problemas formales a resolver.

¿Qué sabemos de Eisenstein aparte de lo que sus films nos han descubierto? La biografía escrita por Marie Seton, que recoge las confidencias del cineasta entre 1932 y 1935, queda como la más preciosa fuente de información, a pesar de las reticencias voluntarias y la insuficiencia de método. Algunos escritos autobiográficos bastantes raros, aportan útiles complementos.

INFANCIA Y ADOLESCENCIA

Nace un veintitrés de enero de 1898 en Riga, Letonia, provincia báltica del imperio ruso.  De padre judío, descendiente de una familia judía convertida al cristianismo. Su padre era ingeniero de los servicios municipales de Riga. Hijo único de un matrimonio en buena situación económica, fue educado por su nodriza, en medio de iconos y amuletos, que le inculcó el sentimiento del misterio, y el gusto por la sencillez campesina.

En 1995 su madre decidió partir. Se produjo un gran cambio en su vida. La mujer se llevó a su hijo a San Petesburgo. Un día bruscamente, su madre lo envío a casa de su padre en un compartimento de tren cerrado con llave. ¿Por qué su madre hizo aquello? Sólo las películas podrán darnos las respuestas arriesgadas a estas preguntas. La crueldad de cerrarlo en un vagón con llave, Eisenstein no la perdonaría nunca.

En 1910, el padre es nombrado ingeniero municipal en San Petesburgo. La familia se reconstruye. Algunos meses después de la reconstitución de la familia la madre se fue de nuevo. Esta vez dejó a su hijo a su marido, que pronto lo enviaría a Riga al instituto. Sólo en 1914, después de la declaración de guerra, el muchacho, con casi diecisiete años por esa época, volvió a vivir cerca de su padre, en San Petesburgo. Desde la infancia, Eisenstein se defendió con humor contra el sentido trágico de la vida. Después de la partida definitiva de su madre, vivió una experiencia inolvidable según sus propias palabras. Su nodriza lo llevó al circo.

Llamaron su atención los payasos. Se identificó con uno de ellos, de corta talla, con una cabeza bastante grande, exactamente como él se sentía, con un marcado complejo de inferioridad física. Desde entonces asistió con regularidad a espectáculos de feria.

De 1914 a 1918 estudió en la Escuela de Trabajos públicos de la Universidad de San Petesburgo, con intención de ser ingeniero, según voluntad de su padre.  Una etapa que se caracteriza por gran cantidad de lecturas, asistencia asidua a los teatros, y a los espectáculos de variedades. “ Una tendencia subconsciente me llevaba siempre hacia el arte. En el seno de esta rama técnica optaba, no por el dominio de las cosas mecánicas, sino por lo que estaba más estrechamente ligado al arte: La arquitectura” Eisenstein.

“ A los diecinueve años aún no había abrazado a una chica”. Era indiferente también a la política. En 1917, el día en que estalla la Revolución de Febrero, va al teatro para ver, mientras la gente se bate en la calle, una obra de Lermontov, presentada por Meyerhold. No leía a Marx o a Lenin, sino a Wilde, Aubrey Beardsley, Maeterlinck, Ibsen, Schopenhauer y Hoffmann. A los grandes acontecimientos, sólo asiste como espectador.

En junio de 1918, San Petesburgo se encuentra amenazada por los ejércitos blancos de la contrarrevolución, y los compañeros de la universidad de Eisenstein deciden enrolarse en el Ejército Rojo para asegurar la defensa de la ciudad. Él se une a ellos. Casi en el mismo día, dice Marie Seton, el padre elegía el otro campo. El hijo toma partido, justo en el momento en el que el padre desertaba. Poco después el padre se fue a Alemania, donde se quedó. Y así tenemos al joven convertido en el hijo de un traidor. Eisenstein toma partido y parte hacia el frente. Sus camaradas testimonian que puso su talento al servicio del nuevo poder, haciendo banderas y carteles para el triunfo de la Revolución, dibujando caricaturas de la burguesía, tanto más mordaces cuanto que él había vivido en la intimidad de este régimen y tenía el sentimiento de que el mundo burgués había hecho de él un ser débil.

Eisenstein se enrola en el ejército; pronto militará en las filas a la vanguardia del teatro ; después fundará el cine revolucionario. En el frente conoce a un profesor de japonés. El lenguaje japonés lo fascina. Durante el verano de 1920, el gobierno moviliza a los estudiantes y decide, en recompensa a los servicios prestados, ofrecerles estudios en materia y en la universidad que elijan. La Universidad de Moscú es la única que enseña japonés. Debemos observar que elije el extremo oriente, tal vez otro medio de volver la espalda a su infancia, al Occidente, a la burguesía, de hacerse perdonar el haber tenido un aya inglesa y un padre tránsfuga en Alemania.

A los veinte años descubre con gran sorpresa a Freud. Leyendo “ Un recuerdo de infancia de Leonardo da Vinci”. Eisenstein se manifiesta públicamente contra lo que él llama “pansexualismo de Freud”. Al proponer Freud que toda operación creadora es una derivación o una sublimación de la sexualidad, el choque para el joven Sergei es tan fuerte, que busca la forma de negarlo.

“ Casi siempre, las escenas en que se acumula la fuerza son justamente las mejor retenidas en mis películas” (escrito en 1944). La violencia emotiva en Eisenstein es casi siempre una violencia rechazada. La fascinación que el libro de Freud sobre Leonardo ejerció en el joven se explica sin dificultad. Leonardo había escrito en su época “ La pasión intelectual excluye la sensualidad” Freud añadió: “ La energía intelectual no es más, que la energía sexual transformada”. Eisenstein como buen puritano, empieza a poner en duda una teoría que da tanta importancia al sexo. “La teoría de Freud puede comprenderse de dos maneras”, dice. “O bien veis una inclinación a liberaros de vuestra energía sexual, a desembarazaros de vuestras inhibiciones, a vivir plena y libremente vuestra sexualidad.”. El freudanismo se convierte para muchos en una escuela de felicidad y liberación personal.

“O bien se puede pensar que la más elevada ambición humana nada tiene que ver con la liberación sexual o con la vida vegetativa de las plantas”. He aquí un ideal muy sencillo, muy vulgar. Eisenstein, por su cuenta, no va a relacionarse con aquellos que profesan un culto vegetal de la vida, “Sí a Freud, no al pansexualismo”.

“Sin Leonardo, Marx, Lenin, Freud y el cine, habría sido muy probablemente un Oscar Wilde” declaró Eisenstein, muchos años después a un periodista norteamericano. Por “otro Wilde”, no quiere decir homosexual, sino alguien que sigue su decadencia, que pone si vida en sus obras, que organiza su creación alrededor de sus problemas personales. Al mismo periodista, le dijo también “Sin Freud, nada de sublimación, sin sublimación, un simple esteta a lo Oscar Wilde. Freud ha descubierto las leyes del comportamiento individual, al igual que Marx las del desarrollo social. He aplicado de un modo consciente mi conocimiento de Freud y Marx en las piezas teatrales y películas que he dirigido”.

De todas formas, el nuevo gobierno soviético no le habría dado permiso para hacer obras de esteta, ni para narrar según la moda de la expresión individual: La confesión. El nuevo régimen no permitía las efusiones del Yo. Otro que hubiera tenido los mismos conflictos interiores que Eisenstein, tantas cosas que decir so pena de ahogarse, problemas tan graves que resolver, una constitución psíquica paralelamente mutilada; otro intimidado como él por los dirigentes soviéticos para que se interesase únicamente por la construcción de una nueva sociedad, habría sido forzado al silencio, al suicido moral o psíquico. Ésta fue la gran suerte de Eisenstein, primero haber encontrado a Freud, después haber comprendido el sentido con el que Freud lo podía salvar. Es decir, no como una llamada a la revuelta individual, sino al contrario, como una llamada a la sumisión, al rechazo, a la utilización de las inhibiciones, a la transformación del instinto en arte.

Su virginidad dejó de ser una carga. La teoría de la transformación de la energía sexual en energía intelectual llegaba a un punto citado por Eisenstein como realización de su juventud solitaria e inhibida. Una “lección” para sí mismo, muy desagradable de aceptar, y más en nuestros días, en que la libertad total del artista y la expresión inmediata de los deseos pasa por las necesarias condiciones de sinceridad. Eisenstein no es igual sólo por su genio a Shakespeare, a Miguel Ángel o a Beethoven. Se les parece incluso en la actitud que han tomado de renunciar a su felicidad. Fundando también él su arte en la prohibición y sublimación de los instintos sexuales, es posiblemente el último representante de un tipo de creadores desaparecido.

 

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